RESEÑA HISTÓRICA

Una leyenda que cuenta su historia San Salvador de Cañaribamba es la nobel parroquia del cantón Santa Isabel ubicada en la parte sur occidental de la provincia del Azuay, a 79 grados y 20 minutos de longitud occidental, y a 20 grados y 1 segundo de latitud sur a una altitud de 2202 m2. Se encuentra en una planicie entre los cerros denominados: Bolarumi (piedra redonda), Shiry (señor) y Shalshapa (hija rocosa) al norte de la cabecera cantonal de Santa Isabel a una distancia de 8 Km. Aproximadamente a lo largo de la vía que conduce desde el cantón a la parroquia Shaglly.

Su nombre se compone por dos palabras: “Cañari”, que se refiere a la raza que ocupó la región austral de lo que hoy es el Ecuador, desde Alausí hasta el canal de Jambelí y desde Saraguro hasta Gualaquiza en el oriente.

Y del vocablo quechua “Bamba” que significa pampa o valle, el valle de los Cañaris, según el Padre Juan de Velasco en su Historia del Ecuador los Cañaris poseían tres asentamientos importantes en el austro Guapondelig o “llanura grande como el cielo” hoy Cuenca, “Hatuncañar”, en la provincia de Cañar y “Cañaribamba” muy rica en yacimientos auríferos y de alto valor en la resistencia contra la dominación incásica. Según el Padre González Suárez, Tomebamba estuvo ubicada en el Valle de Yunguilla, creando una polémica sobre este tema, siendo dilucidado por el científico Max Uhle, quien determinó la ubicación exacta de Tomebamba en la actual Cuenca.

Cuenta una leyenda sobre la historia de esta parroquia que en la época de la conquista española la codicia por el oro hace que el Marqués Don Juan de Salinas, conocedor de las grandes minas existentes en este lugar, y encomendero de estos lares, emprende una odisea al mando de un número de españoles y ochocientos indígenas sometiendo bajo su cruel dominio a los habitantes de esta zona, fundando en este sitio la Villa de San Salvador de Cañaribamba, y designando como autoridad religiosa al sacerdote español llamado Cura Naranjos, cuya misión era evangelizar a los indígenas que trabajaban en la explotación de las minas de oro del cerro Shiry.

Cuentan en algunos escritos que Juan de Salinas mantenía su autoridad mediante inhumanos castigos, abusaba de las doncellas nativas, sumándose a esto los abusos por parte del cura Naranjos que se aprovechaba de su condición para exigir el pago de diezmos y primicias; obligándoles a los indígenas a pagarle el doble de lo que correspondía por ley y antes de la cosecha.

Juan de Salinas dominado siempre por la opulencia, el lujo desmedido, comodidades y ansiando una mayor producción de las mencionadas minas regresa a España para traer maquinaria que reemplace el trabajo primitivo de los indígenas y poder sacar mayor cantidad de oro del cerro, encargando la Villa a su hijo, quien abusó en extremo de su autoridad, y obligó a los capataces y mineros a extraer el oro de manera más rápida sin medir las consecuencias a las que se exponían; por tal razón se produjo un gran deslizamiento de tierra que sepultó para siempre a centenares de indígenas y españoles, falleciendo entre ellos el hijo de Juan de Salinas.

Se manifestaba que a los mineros los hacía trabajar desnudos con el fin de controlar que no pudieran llevarse nada consigo.

Otra leyenda oral sobre el fin de la mina de oro del cerro Shiry indica que un día una señora llegó con la comida para su hijo, pero al verlo desnudo, babandonó los alimentos y subió a la cima del cerro en donde hizo sus necesidades al tiempo que pronunciaba una maldición en contra de los españoles por el trato tan vil que daban a los indígenas; dicen que como resultado de esta maldición se produjo el gran derrumbe que sepultó aquellas minas. La noticia de la catástrofe se propagó por toda la colonia y llegó a conocimiento del Marqués Salinas que regresaba de Europa; tomándo la decisión de abandonar estos territorios y radicarse en Loja.

La leyenda nos manifiesta que luego del abandono por parte de Juan de Salinas la Villa de Cañaribamba queda administrada por el Cura Naranjos, que mediante amenaza y exhortaciones dominó ideológicamente a los pobladores y consiguió imponer cargas tributarias desmedidas.

Fue tan grande la avaricia del cura por el oro, que para complacerlo acordaron los indígenas mostrarle secretamente el lugar donde se guardaban las riquezas de los Cañaris, con la condición de que lo llevarían con los ojos vendados hasta este escondite de sus tesoros. Sin más preámbulos el cura aceptó esta condición; y los nativos transportaron al sacerdote cargándolo en silla de manos como siempre era llevado por ellos. Llegaron al sitio y ¡oh! sorpresa aparecieron dos cofres grandes de arcilla relucientes dentro de los cuales se pudo ver cántaros, vasos, fuentes, prendedores y numerosos objetos todos de oro macizo.

Además preciosas y abundantes esmeraldas, que con la luz de las antorchas brillaban y deslumbraban al cura que sorprendido y ansioso contemplaba tantas maravillas. Pasaron buen tiempo en el interior de la cueva, entregaron al cura lo que deseaba como regalos y comenzaron los preparativos para el regreso, Al cura Naranjos no le bastó ir una sola vez, ya que al haber visto el oro dentro de la cueva, su codicia crecía cada día más; entonces pidió que lo llevaran una y otra vez, viéndose obligados los indígenas a complacerle solamente por las sentencias y amenazas terribles con las cuales les intimidaba permanentemente. Realizaron nuevos viajes al lugar del tesoro, para tal ocasión el cura Naranjos dispone de una gran cantidad de plumas, con la finalidad de regarlas disimuladamente a través del trayecto que conducía a la cueva; y que al llegar a la villa, él podría regresar al sitio solo y apoderarse de esas riquezas. Fracasando en su intento, ya que el viento había arrasado con las plumas. Siguió el cura insistiendo y en su último intento de visita tuvo la audacia de llevar en los bolsillos de su sotana una gran cantidad de semillas de quinua, que la fue regando a lo largo de todo el sendero, y aquello le resultó, porque con las lluvias los granos germinaron; consiguiendo llegar sólo a la cueva y apoderarse de cuanto objeto podía.

Un indígena cañari descubrió que aquella planta había crecido siguiendo la ruta hacia el escondite del tesoro y comunica inmediatamente al cacique y al pueblo, quienes llenos de cólera y al verse traicionados, empiezan a borrar dicha huella, y abren varias trochas con el fin de confundir al intruso. Los indígenas se acercaron gritando en su lenguaje palabras agresivas en contra del cura y le despojan de todo lo que se había sustraído, incluyendo también lo que ellos le regalaron anteriormente y el castigo por esta traición era la muerte.

Por este motivo el cura viéndose acosado por todos sus desmanes cometidos, decide salir de esta comarca inmediatamente; y con la ayuda de su Sacristán y una sirvienta entierran al pie del Altar Mayor los objetos de oro, entre los que destacan: el Santo Cáliz, el Copón y la Custodia que previamente fueron envueltos en siete cueros de borrego. Desesperado por lo que le podría suceder recoge sus cosas más indispensables y en compañía de su sirvienta y sacristán emprende el viaje con rumbo a Guadondeleg o Guadondílig, que hoy es la ciudad de Cuenca.

Antes de salir de Cañaribamba, y viendo el gran coraje de los engañados Cañaris pronuncia una maldición contra el pueblo, hasta su quinta generación. Manifestando que esta comunidad se convertirá en una laguna de sangre; luego huye con sus dos acompañantes, pero al atravesar una pequeña quebrada ésta repentinamente se convierte en un impetuoso río que arrebató al Cura y a los sirvientes de sus mulas que llevados por la corriente desaparecieron para siempre. En recuerdo de este acontecimiento, aquella quebrada fue bautizada como río Naranjos.

Los indígenas llenos de espanto por estos acontecimientos, y más aún por la maldición vertida por el cura y que coincide con la aparición de una epidemia que diezmó terriblemente a los habitantes de esta villa. Ellos creían que se estaba dando cumplimiento a la maldición; entonces deciden huir a diferentes partes, quedándose la mayoría a vivir en Chaguarurco que significa “Loma de Pencos” y que ahora es Santa Isabel, dejando abandonada la vieja Cañaribamba.